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VÁRIOS - TERREMOTO NO CHILE
Ter, 06 de Abril de 2010 20:27

¡QUIÉN CHU... ME ESTÁ MOVIENDO EL AUTO, MIER....!

FUENTE: Blog La Cuarta

El barrio San Diego quedó en el suelo en algunas cuadras.¡Después de este terremoto... ya (casi) no me asusta que tiemble! ¡Que 7 grados Richter! ¡Que 6,8, 6 ó 5! Da lo mismo. Difícilmente en la vida los chilenurris que ya frisamos la media suela vivirá otra veces la misma experiencia.

Y aunque también experimenté el terremoto de 1985 y antes el de 1971 (era muy chico), lejos, la experiencia vivida la madrugada del sábado 27 de febrero es la más impactante. No porque es la más reciente, sino por la mangnitud del fenómeno natural.

Me pilló en plena calle San Francisco, cuando viajaba junto a mi mujer y mi hijo menor de vuelta a casa, luego de pasar una velada por la celebración del cumpleaños del regalón, junto a nuestro hijo mayor y su polola, a quien habíamos dejado hacía pocos minutos en su departamento en el piso 12 del edificio ubicado en Santo Domingo con Amunátegui.

 

Habíamos pasado recién Santa Isabel, justo en un sector donde hay un sitio eriazo y otro con una pared de latón y al frente de ellos edificaciones antiguas, pero de un piso. La luz estaba cortada justo en esa cuadra, e íbamos tranquilos, a poca velocidad, conversando.

"!¿Quién chu... me está moviendo el auto mierd...!", exclamé, cuando comencé a sentir que la cola del citroen zx station se me corría hacia la derecha... "¡Está temblando, y fuerte!", exclamó Mónica, mientras mi hijo miraba a un lado y otro y sorprendido corroboraba que se movía el piso...

"¡Esta gue (piiip) es terremoto", alcancé a decir, mientras la calle comenzó a moverse como si fuera de goma. Eran verdaderas olas y el auto saltaba como si fuera de juguete... ¡500 kilos po gaia..., como si fuera de pluma vit!

Un gato saltó desde una ventana frente al auto, emitiendo un chillido de terror, mientras los postes parecían de hule y comenzaba a levantarse el polvo. En seguidita, y mientras aumentaba la violencia de las sacudidas, comenzaron  a ulular las alarmas de casas comerciales, bancos y vehículos; las techumbres de zinc a sonar, los cables a chocar y a provocar los típicos cortes, que iluminaban la noche, mientras las luces se apagaban de una.

El ruido se volvió fuertón. Y el rugido de la tierra parecía que iba a partir en cualquier momento el lugar donde estábamos, mientras los gritos de las mujeres y los "¡cuidado, arranquen", se multiplicaban en la oscuridad.

Intenté avanzar unos metros, salir de ahí, pero me di cuenta, con los resplandores de los cortes, que no era prudente. Decidí retroceder hacia el lugar donde estaba el sitio eriazo. Pensé "es menos peligroso, no hay nada que caiga. Y efectivamente era así.

Fueron los tres minutos más largos de mi vida, de mi mujer y mi hijo.

Continuaba temblando cuando atiné a decirle a mi hijo que llamara a su hermano. Que le dijera que íbamos a buscarlo. Me los tenía que llevar a mi casa, donde creía estaríamos más seguros. Más que mal, es nuestro refugio.

Una vez que se detuvo el violento sismo, el ruido y el primer impacto, todo se volvió oscuro, negro, literalmente no se veía nada. Miramos hacia el cielo y una luz brillante sólo dejaba ver la silueta de un sector de viejas construcciones, fantasmal y aterrador.

A nadie le doy aquellos minutos en que regresamos a buscar a Felipe y a Lizbeth, sin semáforos, a oscuras, iluminados sólo por los focos del auto, gracias a los cuales fuimos descubriendo las calles del centro de Santiago llenas de escombros, que cruzaban de lado a lado. Cornisas de edificios nuevos, despedazados en las calles... viejas casonas de adobe derrumbadas... Y el polvo, que hacía más espectral aún una ciudad sumida en la confusión.

Mi hijo bajó desde el piso 12 junto a su polola, y partimos. No raudos, porque había mucha gente en la calle y no faltaban los desesperados que le metían la chala a sus vehículos, tocando la bocina como enajenados, imponiendo su "yo primero, yo primero...". No sé si era la desesperación, la angustia o simplemente el egoísmo de querer ser "ellos no más", quienes tenían familiares.

Lentamente nos desplazamos por las calles, con la gente ya toda en las veredas, mujeres en calzones, camisas de dormir o al menos con bata. Hombres en calzoncillos bolsudos, a pata pelada y las peladas chasconas; niños abrazados a sus madres; jóvenez y no tanto con un cigarrillo tembloroso en las manos, miraban hacia el cielo, hacia el suelo y unos a otros, como buscando consuelo.

Llegamos a Gorbea con Almirante Latorre. Primera parada para ver cómo se encontraba la hermana de Lizbeth. 20 ó más minutos de angustia, porque yo quería salir del centro. Podría venir una réplica, quizás menos intensa, pero violenta, y no tendríamos la misma suerte.

Finalmente, salimos, lentos, con mucho cuidado, eludiendo pedazos de concreto, hombres y mujeres que caminaban como espectros por las calles; vehículos presurosos por llegar quizás donde.

Una parada más nos faltaba. Mi suegra. La viejita estaba bien, asustada y llorando. Pero amable como siempre "¡¿Quiere un cafecito, yernito?!", me dijo. "No, suegra, ya quédese tranquila. Quiero llegar a mi casa, quiero saber cómo están nuetras cosas, y nuestro perro", dije, mientras empujaba a los míos para que nos fuéramos.

Finalmente, casi hora y media de transcurrido el terremoto, logramos llegar a casa, al lugar donde nos sentimos seguros, donde está lo nuestro, donde nos sentimos a salvo. Un recorrido de media hora, se había transformado en una tenebrosa aventura de más de dos horas.

En casa, todo bien. Sólo un florero caprichoso se fue de bruces al suelo y se hizo trizas en el piso. Lo demás, todo bien. El perro nos movió la cola. Estaba durmiendo, ajeno a la tragedia que se había desatado esa noche... No me movieron el auto. Alguien nos cuida... No sé de dónde...

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Última atualização em Ter, 06 de Abril de 2010 20:49
 
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